REFLEXIÓN Y SENTIMIENTOS

EL DÍA QUE MORÍ

Un buen día me morí,
y entonces …
no se porque levanté mi cabeza
por encima de mi estuche
para muertos,
mi ataúd pues,
o quizás solo era la cabeza
de mi espíritu,
no lo sé a ciencia cierta.

Con tristeza observé la
indiferencia de los que en otros años
se dijeron mis amigos,
esos que visitaban mi hogar,
esos con los que bebía la copa,
si esos …

Esos con los que reía a carcajadas
de nuestras estupideces,
esos con los que el cansancio,
no era excusa
para brindar una y otra vez,
si esos …

Algunos de esos amigos,
solo pasaban por la morada
donde yacía mi cuerpo,
y sabiéndose allí tendidos mis despojos,
se van de largo,
ni un minuto de silencio,
ni un «lo siento» para mis deudos,
ni siquiera, nada.

Algo muy grave debí
haberles hecho,
algún resentimiento
tendrían para mi,
sea lo que sea,
yo ya me fui,
ya estoy en paz,
soy luz eterna.

Me apenan ellos,
que seguirán retorciéndose
de amargura,
porque quien desdeña
la muerte de un amigo,
o la de un compañero,
o la de un ser que formó parte de uno,
en definitiva les queda lo que resta
de sus vidas,
para nadar en sus
miserias espirituales.

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